La participación de los stakeholders en el aseguramiento de la calidad en educación superior
- Joshua Denegri

- 10 feb
- 6 Min. de lectura

Desde mi experiencia profesional en aseguramiento de la calidad e internacionalización en educación superior, y como parte del análisis sobre marcos y tendencias internacionales, comparto este artículo basándome en el ENQA Thematic Analysis 2025: Stakeholder Involvement in Quality Assurance. Este informe es especialmente valioso tanto por el enfoque analítico que trae como por lo que muestra sobre uno de los principios más importantes —y también más discutidos— de los sistemas actuales de aseguramiento de la calidad: la participación de los stakeholders.
El informe analiza cómo las agencias de aseguramiento de la calidad del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) involucran a los distintos stakeholders en su gobernanza y en su trabajo diario, con especial atención al diseño y mejora de las metodologías de evaluación. El análisis se basa en los estándares y directrices para el aseguramiento de la calidad en el EEES (ESG), particularmente en los estándares 3.1 y 2.2, y se apoya en una revisión cualitativa de 50 informes de evaluación externa de agencias de 27 países, del periodo 2020–2024.
Es importante indicar que la participación de los stakeholders es un principio fundamental de los sistemas de aseguramiento de la calidad en educación superior. Su importancia se hace más evidente al reconocer que la educación superior es un servicio público, lo que exige no solo que haya mecanismos formales de participación, sino también sistemas sólidos de rendición de cuentas y transparencia frente a la sociedad que sostiene, financia y legitima estos sistemas.
A lo largo de mi carrera he podido ver de primera mano y de forma sistemática cómo se discute, se interpreta y se implementa la participación de los stakeholders en distintas universidades de Colombia y Perú. Esta experiencia me ha permitido confirmar que el debate sobre la participación de los stakeholders está muy ligado a factores como si las instituciones son públicas o privadas, a sus modelos de gobierno y estilos de liderazgo. Aunque este análisis podría dar para otro artículo, es un trasfondo relevante para entender la complejidad del tema de este artículo.
ENQA Thematic Analysis 2025: Stakeholder Involvement in Quality Assurance
En este contexto, el debate ha ido más allá de si conviene o no que haya participación en los procesos de evaluación. La discusión actual va hacia cuestiones más profundas: cómo participan realmente los stakeholders en los sistemas de aseguramiento de la calidad, cuál es su nivel real de incidencia en las decisiones y qué impacto concreto y verificable generan sobre la calidad educativa.
El informe de ENQA confirma algo que quienes trabajamos en este campo ya sabemos bien. Aunque la participación está sólidamente institucionalizada en la mayoría de los sistemas, sus efectos siguen siendo desiguales y, muchas veces, más simbólicos que transformadores. El análisis muestra una proliferación de mecanismos —consejos, comités, grupos de trabajo, consultas y pilotos— que, si bien muestran un compromiso formal con la participación, no siempre se traducen en cambios reales en las prácticas de aseguramiento de la calidad.
Aquí aparece una tensión estructural que rara vez se aborda de forma explícita: participar no es lo mismo que incidir. En muchos sistemas, la participación de los stakeholders es principalmente consultiva, está fragmentada en múltiples espacios y es difícil rastrear su influencia real sobre las decisiones finales. Se evalúa si existen instancias participativas, pero no la capacidad real de los actores para incidir en criterios, metodologías o resultados. Esta lógica muestra una concepción todavía dominante del aseguramiento de la calidad, más centrada en el control procedimental que en el aprendizaje organizacional.
El informe identifica uno de los principales nudos críticos del problema. Los estándares europeos no definen con suficiente claridad qué se entiende por gobernanza, qué stakeholders son imprescindibles ni qué nivel de participación puede considerarse adecuado. Esta ambigüedad fue funcional durante años para respetar la diversidad de los sistemas nacionales, pero hoy se ha convertido en un límite para su evolución. Las interpretaciones divergentes, particularmente sobre la participación estudiantil, no son un problema técnico menor, sino una señal clara de que el modelo actual ha llegado a su techo.
Buenas prácticas europeas
Sin embargo, el informe de ENQA presenta ejemplos de buenas prácticas que muestran que la participación de stakeholders puede ir mucho más allá del cumplimiento formal de los estándares. Las agencias mejor valoradas no se distinguen por acumular más mecanismos participativos, sino por integrar la participación de forma coherente, intencional y con impacto real en la calidad.
En el ámbito de la gobernanza, agencias como la Agency for Quality Assurance in Higher Education of Armenia (ACPUA) y el German Accreditation Council (GAC) destacan por distribuir la participación de estudiantes, profesionales, socios sociales y expertos internacionales en distintos niveles y órganos, configurando modelos de gobernanza plural y funcional. En estos casos, los paneles de evaluación valoran no solo la composición equilibrada, sino también la calidad del diálogo y la interacción entre actores, lo que refuerza la legitimidad de las decisiones adoptadas.
Otras buenas prácticas se vinculan con la construcción de confianza sistémica. Agencias como la Academic Information Centre (AIC) de Letonia y el Finnish Education Evaluation Centre (FINEEC) muestran que el aseguramiento de la calidad puede consolidarse como un espacio sostenido de diálogo transparente. A través de seminarios, consultas amplias y encuentros periódicos, estas agencias logran que los stakeholders influyan efectivamente en los marcos de evaluación y perciban el sistema de aseguramiento de la calidad como creíble, independiente y orientado al aprendizaje.
La participación estudiantil constituye uno de los ámbitos donde se observan los desarrollos más avanzados. La Quality Assurance Agency for Higher Education (QAA) del Reino Unido y el Turkish Higher Education Quality Council (THEQC) superan el enfoque representativo tradicional al construir verdaderos ecosistemas de participación, que incluyen comités estratégicos de estudiantes, formación específica en aseguramiento de la calidad y acciones orientadas a fortalecer la cultura de calidad en las instituciones. En estos modelos, los estudiantes no son concebidos como actores transitorios, sino como agentes activos capaces de aportar evidencia experiencial relevante.
En relación con el diseño y la mejora de metodologías, las prácticas más sólidas se caracterizan por enfoques claramente colaborativos e iterativos. El Turkish Higher Education Quality Council (THEQC), la Evaluationsagentur Baden-Württemberg (evalag) y el National Centre for Evaluation and Quality Assurance (NCEQE) incorporan a los stakeholders desde las fases iniciales mediante focus groups, grupos de trabajo, consultas abiertas y pilotos previos a la adopción definitiva de nuevas metodologías. Este tipo de procesos fortalece tanto la pertinencia técnica como la legitimidad social de los cambios introducidos.
Finalmente, el informe subraya el valor de una internacionalización integrada a la gobernanza, como ocurre en el Hungarian Accreditation Committee (MAB) y la Cyprus Agency of Quality Assurance and Accreditation in Higher Education (CYQAA), donde expertos internacionales participan de forma sistemática en órganos consultivos o estratégicos. Esta práctica aporta perspectiva comparada, promueve el aprendizaje intersistémico y refuerza la alineación con el Espacio Europeo de Educación Superior.
En conjunto, estas experiencias permiten identificar un patrón claro, los sistemas de aseguramiento de la calidad más robustos no se basan en la mera presencia de stakeholders, sino en participación con propósito, desarrollo de capacidades, co-creación metodológica y relaciones de confianza sostenidas. Son estas dimensiones, más que la estructura en sí, las que permiten que la participación contribuya de forma efectiva a mejorar la calidad en educación superior.
Hacia nuevas miradas en el aseguramiento de la calidad
Los sistemas de aseguramiento de la calidad ya no fallan tanto por falta de reglas, sino porque les falta sentido, impacto real y capacidad de aprender como organizaciones. Lo que viene no es solo actualizar normas o procedimientos, sino cambiar la cultura, la metodología y la forma en que entendemos políticamente la calidad.
En otras palabras, hay que pasar de un sistema enfocado en controlar y verificar papeles a uno que realmente aprenda en conjunto, y dejar atrás la participación de cartón para construir una co-gobernanza de verdad, donde la calidad se entienda como algo que nos pertenece a todos.
El informe muestra tendencias que apuntan a una nueva etapa. Una de las más interesantes es la aparición de estructuras de participación más diferenciadas: no todos participan en todo, sino que se define quién aporta dónde, según su rol —estratégico, técnico, experiencial o sistémico—. Lo importante no es que todos estén en todos lados, sino que el sistema tenga coherencia funcional.
Otra tendencia importante es repensar el rol de los estudiantes. El debate de si los estudiantes "pueden aportar" en ciertos espacios está, en gran parte, mal enfocado. El punto no es si están o no están, sino si los sistemas les dan las herramientas para participar de forma real. Sin formación, apoyo y reconocimiento institucional, cualquier actor —no solo los estudiantes— termina siendo pura decoración.
Además, el informe deja claro que las prácticas que más prometen no son las estructurales, sino las de proceso. La co-creación de metodologías, con pilotos, iteraciones y ajustes antes de implementar algo definitivo, se está volviendo clave en el aseguramiento de la calidad actual.
En esa línea, se pueden identificar cinco orientaciones que podrían sentar las bases de una nueva generación de estándares:
Primero, necesitamos una participación con trazabilidad, que permita mostrar de forma clara y documentada cómo las contribuciones de los distintos actores realmente influyen en las decisiones.
Segundo, es clave una diferenciación funcional: definir bien quién participa, dónde, cuándo y con qué nivel de influencia.
Tercero, es indispensable desarrollar capacidades, con programas de formación y acompañamiento para estudiantes, empleadores y otros actores no académicos.
A esto se suma la necesidad de co-crear metodologías de forma obligatoria, integrando el diseño conjunto, la experimentación con pilotos y el aprendizaje continuo.
Finalmente, los sistemas deben encontrar un balance entre independencia y pluralidad, integrando a las autoridades públicas y otros actores sin comprometer la autonomía técnica ni la imparcialidad institucional.




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